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viernes, 16 de septiembre de 2016

El modelo incremental en la adopción de decisiones públicas

No es posible afrontar un proceso de toma de decisiones en el ámbito de lo público alejándonos de la memoria institucional y de los cambios incrementales, pues sería un ejercicio condenado al más estrepitoso de los fracasos. La adopción de decisiones incrementales facilita y favorece la reforma y la modernización de nuestras instituciones. La palanca de cambio en el funcionamiento de las Administraciones Públicas reside en modernizar más que en reformar, en mejorar internamente pero, sobre todo, en aumentar capacidad de servicio y respuesta al ciudadano. La mejora de la gestión pública requiere que se preste atención al interés público, entendido desde la más absoluta objetividad, a partir de la institucionalización de intereses colectivos es un proceso inclusivo, de valores compartidos que aseguren la cohesión social (Rohr, 1986). Sólo con procesos de adopción de decisiones incrementales, puede conseguirse tal propósito.

Ávalos Aguilar (1994) considera que: “no se puede cambiar el aparato administrativo en su conjunto: si el esfuerzo reformista quiere alcanzar logros concretos, tiene que elegir puntos de estrangulamiento muy pertinentes y acotados y concentrar en ellos el esfuerzo reformista”. En idéntico sentido, Vallés Casadevall (2000) considera que los procesos de cambio de las instituciones tienen éxito si son limitados y el ritmo menos intenso. A su vez, autores como Crozier y Friedberg (1977), señalan que la tendencia incrementalista del cambio administrativo, supone mantener una constante en el sistema, lo cual produce transformaciones más lentas y menos intensas pero más seguras.

Con ello, defiendo que, en cualquier proceso de mejora organizativo, es preferible la cautela, el avance incremental, el desarrollo lento pero seguro de las mejoras, el principio de prevención (conocer anticipadamente el daño que se va a hacer para neutralizarlo y evitar que ocurra), que el principio de caución porque conduce a más incertidumbre. Y para el avance incremental es necesario realizar un análisis estratégico y contar con toda la información posible como requisito esencial para adoptar decisiones. Y el análisis estratégico es un proceso que apunta a la definición de la estrategia de una organización, junto con la definición de responsabilidades para la implementación de la misma, que le permiten dar respuesta a los nuevos problemas con los que se enfrenta en su funcionamiento cotidiano. Este estudio precisa de una reflexión profunda entre los miembros de una organización, que busca identificar lo que ésta es actualmente, con sus fortalezas y deficiencias, y lo que quiere ser en el futuro, definiendo para ello unos objetivos y metas y sus estrategias correspondientes.

Si hemos señalado que la información es un requisito imprescindible en el proceso incremental de toma de decisiones, lo cierto es que los responsables públicos encuentran límites de conocimiento, por lo que deben simplificar y centrar su atención en los aspectos susceptibles de pequeñas modificaciones respecto de la política en curso. Según Lindblom, este es el mejor modo de aprovechar al máximo los datos con los que cuentan. De este modo, las políticas y los programas públicos del futuro, se parecen mucho a los actuales y s los del pasado, y esto produce certidumbre para el decisor, ya que cuenta a su favor con buena información y con cierta intuición sobre los puntos débiles y los fuertes en la aplicación de dichos programas. Por el contrario, otros modelos de decisión resultan impredecibles en sus consecuencias y desconocidos en su definición.



A su vez, el proceso incremental en la toma de decisiones facilita a un actor político su participación en las decisiones, pues está familiarizado con ese programa o esa política y puede anticipar estrategias y actuaciones. Llegados a este punto, también cabe preguntarse hasta qué punto los ciudadanos pueden participar en el proceso de adopción de decisiones, de si pueden hacerlo en decisiones tomadas por los dirigentes políticos o por los gestores públicos o de si deben hacerlo sólo en grupos organizados o como actores individuales (Baena del Alcázar, 1994). Personalmente, considero que los ciudadanos deben tener el derecho a participar en cualquier asunto público, de manera individual o colectiva, o sea la decisión política o administrativa.

Así pues, el modelo incremental propuesto por Lindblom (1992) facilita el conocimiento de las secuencias pasadas de los pasos en la definición, elaboración, implementación y evaluación de una política y permite al decisor público prever las consecuencias probables de pasos posteriores similares que se den sobre esa misma línea de actuación. De igual modo, las decisiones incrementales no necesitan desgastarse en la consecución de grandes objetivos porque no espera que su política sea la resolución final de un problema; u decisión sólo es un paso intermedio hacia un fin más ambicioso y correlativo, que si tiene éxito puede ser seguido rápidamente por otro y si fracasa puede corregirse inmediatamente. A su vez, el modelo incremental permite comprobar las predicciones previas respecto de una política pública antes de dar el siguiente paso en el proceso continuo de adopción de decisiones.  En este mismo sentido, el proceso incremental de toma de decisones permite remedar rápidamente un error pasado.

Entre los factores positivos de los modelos incrementales, Lindblom defiende que existen dos básicos: a) reduce los riesgos de la controversia política, animando a los perdedores a aceptar sus pérdidas sin conmocionar todo el sistema político; y b) ayuda a mantener el consenso general sobre los valores básicos que la gente juzga necesarios para la aceptación voluntaria y amplia del gobierno democrático, dado que ningún asunto político concreto los cuestiona críticamente. Tal y como sostiene Canales Aliende (2004), “no tenemos un modelo de respuesta universal, uniforme y válido para todas las situaciones (…), igual que no hay un sólo enfermo, sino hay múltiples enfermos y cada enfermo requiere distinto tratamiento”. Pero el modelo incremental de adopción de decisiones resulta el más conveniente a utilizar si se quiere lograr la estabilidad institucional.

Tal y como sostiene Allison (1992:150), los presupuestos de las organizaciones cambian incrementalmente, tanto con respecto a sus totales como con respecto a sus partidas interorganizacionales. De este modo, aunque las organizaciones tienen la potestad de dividir el dinero disponible cada año repartiendo éste en partidas presupuestas de una nueva forma, en la práctica las organizaciones toman como base el presupuesto del año anterior y lo ajustan incrementalmente a los cada vez más exigentes requerimientos sociales. 

El proceso incremental en la adopción de decisiones en el ámbito público, asegura la coherencia entre las políticas y programas actuales y los futuros, facilitando su implementación, las posibilidades de conocimiento y actuación por parte de los actores políticos en ellos y su permanencia y estabilidad en el tiempo. El modelo incremental debe constar de cuatro fases básicas (elaboración, aprobación, ejecución y control), siendo la última de ellas la más destacada, si queremos asegurar el correcto funcionamiento de nuestras instituciones y su mejora continua en periodos más dilatados, pero con la seguridad de que las medidas adoptadas son validadas por el mayor número de actores y que han ayudado a su construcción la cautela y en avance progresivo del cambio en las organizaciones públicas. La clave del éxito es caminar despacio y bien, antes que deprisa y mal.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Medir la Gobernanza Democrática

Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la Gobernanza es: “arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad y el mercado de la economía”. En este mismo sentido, tal como afirma Canales Aliende (2010) la gobernanza implica “la actuación simultánea y dialéctica de diversas instituciones y actores sociales, económicos y políticos, de forma integrada y coordinada”. Por tanto, para entender la Gobernanza en necesario centrar nuestra atención en la búsqueda de indicadores que nos ayuden a analizar y comparar determinados aspectos económicos, sociales e institucionales de un sistema político dado.

Se puede entender por indicador de gobernabilidad una medida numérica que permite evaluar el buen gobierno, expresando de forma sintética la posición relativa en la que se sitúa el ejecutivo con respecto a una situación comparable en el tiempo, en el espacio o con respecto a una medida o estándar tomada como referencia. Pese a la dificultad de llevar a cabo esta medición, los indicadores sí pueden ayudarnos a aproximarnos al tema objeto de estudio y constituir un punto de referencia clave de una estrategia orientada a la mejora y adaptación en la gestión de lo público.

Una propuesta de indicadores teniendo en cuenta la anterior definición, pasaría por analizar tres índices concretos recogidos en la propia definición: Índice Económico (IE), Índice Social  (IS) e Índice Político-Institucional  (IPI).

IG  =   IS   +   IE   +   IPI 



Índice Social (IS)
La sociedad civil tiene el derecho –e incluso el deber– de ejercer una fiscalización constante de la acción pública para comprobar si sus dirigentes representan o no sus intereses legítimos, o para exponer directamente las demandas que quieren ver satisfechas. Al respecto, se pueden tener en cuenta los siguientes indicadores, los cuales permiten medir el grado de implicación de la sociedad en la vida pública de un país: a) Transparencia pública; b) Desarrollo Humano; c) Libertad de Prensa; d) Influencia de lobbies; e) Participación electoral; f) Libertad en la red; g) Participación electrónica; h) Servicios online; i) Infraestructuras en Telecomunicaciones; j)Voz y Rendición de cuentas; k) Confianza en el Gobierno; l) Emisiones de CO2; m) Desigualdad social; y n) Compromiso cívico.

Índice Económico (IE)
La Gobernanza propone un modo de gobernar que pretende conseguir el desarrollo económico equilibrado, por lo que gobernanza y economía son dos conceptos que están íntimamente relacionados. Desde este punto de vista, podemos encontrar indicadores que midan el grado en que  los actores políticos e institucionales implementan políticas y programas que busquen un crecimiento económico continuo y sostenido, que ayuden a la evolución progresiva de la economía hacia mejores niveles de vida de los ciudadanos y que generen un sistema de distribución justo de los bienes y los servicios públicos. Así, se pueden tener en cuenta indicadores tales como: a) Competitividad global; b) Secreto financiero; c) Presupuesto abierto; d) Delito económico; e) Balanza fiscal; f) Empleo en el Sector Público; g) Contratación pública (en % respecto del PIB); h) Crecimiento anual (en % respecto del PIB); i) Inflación anual; j) Importaciones de bienes y servicios; y k) Exportaciones de bienes y servicios.

Índice Político-Institucional (IPI)
Evaluar en buen gobierno de un país, exige fiscalizar sus instituciones, así como el grado en el que sus ciudadanos confían en ellas, por lo que se pueden tener en cuenta los siguientes indicadores: a) Control de la corrupción; b) Percepción de la corrupción; c) Fuentes de Soborno; d) Independencia judicial; e) Imperio de la Ley; f) Desarrollo del e-Gobierno, g) Eficacia del sistema judicial; h) Estabilidad política; i) Eficacia gubernamental; j) Calidad regulatoria; k) Gasto social (en % respecto del PIB); y l) Riqueza financiera de las Administraciones Públicas.

La Gobernanza Democrática implica un nuevo rumbo en la gestión de lo público e invita a formar una democracia más deliberativa, en donde se tenga en cuenta a otros actores  –y  no sólo impere la preponderancia monopolística del Estado–, para resolver el conflicto social latente y la incertidumbre a que estamos expuestos de manera continuada. Si el modelo actual parece remitir a la estructuración jerárquica y a las relaciones de verticalidad de una comunidad política, la Gobernanza remite a la idea de horizontalidad y de proliferación de relaciones de cooperación y mecanismos de control que se establecen, esencialmente, entre el Sector Público, el Privado y el Tercer Sector de las organizaciones, y en todos los niveles territoriales.

Sin embargo, no hay que olvidar que la Gobernanza requiere de unas instituciones fortalecidas y legitimadas, de una sociedad formada, crítica y responsable y de un adecuado funcionamiento del sistema económico basado en las reglas fijadas por el Estado. La Gobernanza Democrática es presente y será el futuro en el camino hacia un desarrollo social, político y económico duradero.